La armada española y marinas que le antecedieron en la Península Ibérica. - Obra declarada de texto para los guardias marinas por Real orden de 8 de junio de 1900.





El condado de Barcelona, que en tiempos de Ramón Berenguer I se había anexionado los condados de Gerona, Manresa, Vich, Carcasona y Panades, y hecho alianza con el condado de Urgel, su vecino (…) funda la marina catalana para coadyuvar a la primera expedición promovida, por el papa Pascual II, contra los árabes de las islas Baleares, realizada con éxito en 1114.


Engrandecido el condado de Barcelona, en tiempos de Ramón Berenguer III el Grande, con los condados de Provenza y Besalú, y predispuesto el ánimo de su pueblo para empresas marítimas, tanto por su carácter activo y comercial, como por su continuo roce con los súbditos de las repúblicas de Génova y Pisa, entonces las potencias navales preponderantes, el acaso vino a abrirle en el mar un nuevo camino de gloria y a dar lugar a la creación de su marina.


Fue motivo para ello el haber arribado, en el otoño de aquel año, 1113, a la costa oriental de Cataluña (Blanes), bien por azares del tiempo, bien por torpeza de sus pilotos, una flota armada por la república de Pisa contra los sarracenos de las islas Baleares, que la solían acosar con molestas y frecuentes incursiones.

Noticiosos los catalanes del arribo a sus playas de la expedición pisana, a la que había concedido el papa Pascual II los honores de cruzada, y ansiosos de vengar análogas vejaciones, a la par que ávido su Conde de conquistas, trataron de coadyuvar a la empresa, y lo obtuvieron fácilmente de los pisanos, quienes dieron además a Ramón Berenguer el mando supremo de las armadas.

Organizárose éstas, durante el invierno, contribuyendo los catalanes a ello con todo el material y personal que pudieron aprontar, y en Junio de 1114, con el Conde catalán a su frente, tomó la flota cristiana el rumbo de las islas Baleares, de donde regresó en la primavera del siguiente año, cargada de rico botín, después de haberse enseñoreado de Ibiza y de Mallorca, demoliendo sus fortificaciones y debilitando así grandemente el poderío de aquel nido de piratas.

Jerónimo Zurita - Anales de Aragón. - Saragossa 1610
Tan satisfechos tornaron los catalanes expedicionarios de la gloriosa jornada, y tal resonancia e influencia tuvo en el país, que, considerando este desde luego la marina como uno de los elementos más necesarios para su prosperidad, se dedicó a acrecentar sus fuerzas navales con prodigiosa actividad, y efecto de ello, vióse poco tiempo después una numerosa flota catalana, surcar animosa las aguas del Mediterráneo. Con ella visitó el conde D. Ramón a Génova y Pisa, donde fue muy bien recibido y donde renovó tratados de amistad y alianza, enviando además embajada al Pontífice para que concediera honores de cruzada a la campaña, que pensaba emprender contra los árabes en Cataluña.


Durante su desarrollo consiguió hacer feudales a los régulos de Tortosa y Lérida, hecho lo cual, prometió a este último poner a su disposición, al año siguiente, 20 galeras y los demás bajeles que fuesen necesarios para transportarle a Mallorca, con su servidumbre y 200 caballos (1120), lo que prueba cuan rápidamente aumentaba el poderío marítimo del condado catalán. Corrobora este aserto el hecho de que siete años más tarde ofreciera ya el Conde a Roger, príncipe de Sicilia, una escuadra de 50 galeras, e influyera además sobre la república de Génova, en lucha con la de Pisa.

Con estos tratos políticos, conquistas y alianzas, de las cuales la principal fue, la que dio lugar a la unión de Cataluña con Aragón, efectuada en tiempo de su último rey Ramiro II el Monje, aumentó notablemente el conde Ramón Berenguer IV, su dominio. A la muerte de su padre, acaecida el año 1131, alcanzaba éste a los condados de Barcelona, Tarragona, Vich, Manresa, Gerona, Parellada, Besalú, Cerdaña, Conflent, Vallespir, Fonollet, Perapertusa, Carcasona, Rodas, Provenza y numerosas posesiones hacia el Noguera Ribagorzana.

Durante el gobierno de este celebre Conde comenzó, como se ha visto, a desarrollarse y a tomar incremento y fama el poder marítimo de Cataluña, poder que los monarcas sucesivos supieron emplear, como elemento de fuerza, para la guerra con los infieles y como elemento de prosperidad para el país, por medio del tráfico mercantil, hechos ambos que dieron un carácter naval especial a dicha porción de la España cristiana.

De este modo comenzaron su existencia las marinas cantábrica y catalana, fundadoras de las propias en las Coronas castellana y aragonesa.
En sus principios no estaban constituidas ambas marinas por naves construidas y armadas a expensas de la Corona, sino que eran propiedad de determinadas villas y ciudades marítimas, que acudían con ellas en socorro de su rey y señor natural, cuando este en ocasiones de guerra los necesitaba, como las del interior de los reinos lo verificaban con sus milicias terrestres para aumentar el contingente del ejército nacional. Tanto estas milicias, como las armadas, disolvíanse acabada la misión temporal o jornada que las había hecho unirse, bajo las órdenes de sus monarcas.

Estos, desde que conocieron la necesidad de poseer fuerzas marítimas, por las ventajas que les reportaba, tanto en paz como en guerra, se dedicaron a fomentar todas las industrias de mar, y no se contentaron solo con dictar a ese objeto, cédulas, moratorias, concesiones y franquicias, sino que estimularon el espíritu público, descendiendo del trono, principalmente en Aragón, para ponerse al frente de sus galeras y compartir, en sus expediciones, con sus vasallos, todos los peligros y penalidades de la vida y guerra de mar.

En estas condiciones de organización tomaron parte los navíos cantábricos en el cerco y bloqueo de Bayona, por Alfonso I de Aragón (de 1130 a 1131), y en análogas concurrieron a la conquista de Almería, por Alfonso VII de Castilla (1147).

A esta asistieron, además, naves italianas de las repúblicas de Génova y Pisa y catalanas al mando del conde de Barcelona y príncipe de Aragón D. Ramón Berenguer, que en unión de las huestes del Rey de Navarra, del Conde de Urgel y de las de Castilla, León, Galicia y Asturias, cercaron la plaza de tal modo que solo las águilas podían entrar en ella, según decían los árabes. Por fin, al cabo de tres meses de asedio se rindió la plaza al emperador Alfonso VII, en 27 de Octubre de 1147, y, como de costumbre, después de dividido el botín entre los confederados, disolviéronse el ejército y la armada, llevándose el conde D. Ramón a Barcelona, como trofeo, las puertas de la ciudad.

Al año siguiente, en Diciembre, cayó en su poder Tortosa, con auxilio de naves de Génova, y a pesar de la obstinada defensa que hizo la plaza contra todos los ingenios de mar y tierra, con que la combatían catalanes, italianos y provenzales. Los genoveses tomaron un tercio de la ciudad, de conformidad con lo anteriormente estipulado, y otro tercio tomo el esforzado don Guillen Ramón de Montcada, senescal de Cataluña, en remuneración de sus importantes servicios. Así solían repartirse las ciudades conquistadas.
Rendida después Lérida, en 1149, a ella y a Tortosa otorgo cartas de pueblas D. Ramón, en igual fecha.
De tal suerte aumentaban sus reinos, merced a sus naves y a las aliadas, las Coronas de Castilla y de Aragón, cuyos monarcas y súbditos tocaban de un modo inmediato los provechosos efectos de los primeros latidos de vida marítima de sus estados.

A pesar del análogo resultado que ambas obtuvieron , en el primer siglo de la existencia de este nuevo elemento de vida, desarrollóse más próspera la marina catalana y aragonesa que la castellana, por razones geográficas, etnográficas, sociales y mercantiles; así que, mientras la unión del espíritu emprendedor de los hijos de la antigua Marca Hispana con el genio marcial, brioso y perseverante de los naturales de Aragón, y la vecindad de las repúblicas marítimas italianas, daban lugar a que las navegaciones de los catalanes se extendieran a principios del siglo XIII hasta el África, y a que su marina constituyese el elemento preponderante de la Corona de Aragón; en el de Castilla, en cambio, las especiales circunstancias que concurrieron a constituirlo, la índole de su población, las condiciones topográficas del territorio a que se limitaba en el duodécimo siglo, y su escaso comercio e industrias de mar, solo practicados por los naturales de las costas septentrionales, únicos directamente interesados en el fomento de la navegación, fueron elementos contrarios al prospero desarrollo de su marina.

Efecto de esta diferencia, al advenimiento a los tronos de Aragón y de Castilla de Jaime I en 1213, y de Fernando III en 1217, en cuyos respectivos reinados regístranse ya hechos navales de grandísima importancia, la marina aragonesa era muy superior a la castellana, así como mucho más grande su comercio e industrias de mar, e incomparablemente mayor el espíritu marítimo de la nación ribereña del Mediterráneo que el de la del Atlántico.

A pesar de ello, análogos timbres de glorias marítimas registran sus anales; los del Monarca conquistador, en las islas Baleares y en el reino de Valencia; los del Rey santo, en el reino de Sevilla.

Conquistas son estas que exigen ser narradas aisladamente, como todos los sucesivos hechos de las marinas de Castilla y de Aragón que, por su importancia política y naval requieren historia propia, objeto de los capítulos siguientes.

En ellos habrá ocasión de observar el distinto desarrollo de las dos marinas, efecto de las razones expresadas, que, dando índoles diferentes a sus Estados y a sus monarcas, marcan notables diferencias en su porvenir.

Más tarde, cuando Aragón y Castilla unen sus coronas en unas mismas sienes, realizando la unidad de la monarquía hispánica, las distintas idiosincrasias marítimas de los dos reinos luchan entre sí, dominando en la unión, desgraciadamente, por razones que en otro lugar serán objeto de especial estudio, las costumbres, tendencias e inclinaciones del primero sobre las del segundo, con detrimento del poderío marítimo de la Nación.



Biga pintada procedent de Terol, avui al Museu Nacional d’Art de Catalunya,
datada a finals del segle XIII o inicis del XIV. S'hi veu una nau atacada per dues galeres.


I. Conquista de las islas Baleares. —II. Conquista de Valencia. —III. Progresos del poder naval y de su organización. (1214-1238.)


1. Desde el principio de su glorioso reinado en 1214, encontró el joven rey D. Jaime I de Aragón prosperó y floreciente el poderío marítimo de sus Estados, cuyo comercio se engrandecía de día en día, emulando entre sí las ciudades del litoral, despertada en sus habitantes la afición a los asuntos marítimos por el incentivo del lucro.

Barcelona era un puerto abierto al comercio de todas las naciones, rival de Génova y de Pisa, y deposito principal en Occidente de las mercaderías de la India. Las navegaciones catalanas, extendidas ya hasta las costas de Marruecos, Túnez y Tremecén, hacían aumentar rápidamente el número de sus buques, y, a consecuencia de todo ello, el poder del mar ejercía ya soberana influencia en la marcha de la nave del Estado.

En estas condiciones el espíritu nacional, y durante un viaje de D. Jaime a Tarragona, el año 1227, su merino el conde de Salsas, Pedro Martel, experto navegante, inclinó el ánimo del Rey a su primera empresa marítima, proponiéndole la conquista de las Baleares.

Las continuas piraterías con que las embarcaciones mallorquinas damnificaban el comercio catalán; las últimas quejas de varios mareantes con motivo del reciente apresamiento de dos naves catalanas, que, cargadas de mercancías, cruzaban las aguas de Baleares; la riqueza de estas islas en maderas de construcción; sus cómodos y seguros puertos, y la honra y prez que el real nombre alcanzaría en la empresa, eran motivos más que suficientes para decidir al Rey a acometerla. Antes, sin embargo, envió sus embajadores al Rey de Mallorca, exigiendo la devolución de las dos naves últimamente apresadas y el rescate de sus tripulaciones. La negociación no tuvo éxito, y en su vista juró el Monarca no cejar en su empeño hasta hacer suyos a Mallorca y a su Rey.

Encaminóse a Barcelona y convocó Cortes generales del reino para Diciembre de 1228. En ellas manifestó su propósito, que fue acogido por nobles y ciudadanos, proceros y prelados, con el más unánime y fervoroso entusiasmo; la idea religiosa, el móvil guerrero, el deseo de venganza, el estimulo del futuro botín, y el recuerdo de gloriosas expediciones llevadas a cabo el siglo anterior contra el mismo enemigo, que ciñeron el primer laurel a la marina catalana, fueron todas cosas aunadas para decidir el común acuerdo de la Asamblea. En ella, cada cual prometió concurrir con su espada y con los recursos que pudiese aportar; la ciudad de Barcelona puso a disposición del Rey cuantas naves poseía, y este ofreció allegar material y gente de guerra de Aragón. Acordóse también el reparto de la conquista, presas, etc., y disolviese la Asamblea, conviniendo todos en hallarse reunidos en Tarragona para el Agosto siguiente.

En seguida comenzaron los aprestos; cada cual se disputaba la primacía en el alistamiento de naves, gente y vituallas; los nobles emulaban con los prelados, y estos con los mareantes; el Rey, por su parte, promovió cuanto fue posible la construcción en su real astillero, naciente entonces; y el rico ciudadano Ramón de Plegamans, hombre muy entendido en las cosas de mar, fue nombrado Proveedor general de toda la Armada.

Gracias a la inteligencia y buen acierto de este, y a la plausible emulación despertada entre concelleres, magnates, ricos-homes y prelados, pronto empezó a formarse una numerosa Armada, que había de realizar el atrevido pensamiento de Martel. Este fue designado para dirigir la flota; Carroz, también respetado marino, elegido como segundo suyo; y el, vizconde del Bearne, D. Guillem de Montcada, nombrado lugarteniente del Rey en la expedición, quien, como era natural, unificaba todos los mandos.

Antes de mediados de Agosto ya se hallaban los expedicionarios reunidos en Tarragona y la armada en el puerto de Salou, donde había de acabar su organización, para hacerse a la mar.

Componían la flota distintos buques, como galeas, lenys, corees, burdas, naus, taridas y xelandrys, según los nombra el Rey en su crónica, a más de otros bajeles de varios caballeros de Pisa, Provenza y otros Estados marítimos del Mediterráneo, hasta un total de más de 150, sin contar una multitud de barcos de transporte, catalanes y suministrados por las ciudades de Barcelona y Tarragona, así como por algunos prohombres, entre ellos, 25 naves gruesas, 12 galeras y 18 taridas, incluyendo los construidos a expensas de la Corona, que eran pocos.


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Estol den rei en Jaume (MNAC)


Embarcaron en esta armada 15.000 hombres de a pie y 1.500 caballos, y además no pocos voluntarios genoveses y provenzales.
Organizada y lista la expedición, oída misa en la catedral de Barcelona, y después de haber comulgado el Rey, los Barones y todo el ejército, dio la vela la flota en la madrugada del miércoles 6 de Septiembre de 1239, mandando la nave del Monarca, Nicolás Bovet o Bonet.

Vientos recios del Sudeste, que encontró al principio de su viaje, hizo este penoso y puso a prueba la bondad de los buques, la experiencia de sus cómitres y pilotos y la animosa constancia de los expedicionarios, que alentados por D. Jaime no desmayaron en su empeño, consiguiendo, por fin, al quinto día, después de haberse afirmado el viento al Noroeste, avistar la costa mallorquina y arribar con felicidad al puerto de la Palomera, en lugar de al de Pollensa que era el deseado.

Acto continuo procedieron al reconocimiento de la costa, lo que verificaron con dos galeras, el Conde de Rosellón y Ramón de Cardona, con objeto de elegir el punto más a propósito para el desembarco de hombres, caballos, provisiones y máquinas de batir. Fijaron ambos como más conveniente el lugar de Santa Ponsa, y allí dio orden el Rey a sus mejores capitanes para que con doce galeras remolcasen otras tantas naves, conduciendo el núcleo del Ejército, durante la noche, a fin de verificar el desembarco al rayar el alba del siguiente día, con la mayor premura. Motivábala haber sido advertido D. Jaime por un sarraceno, de que el Rey de Mallorca se aprestaba con 37,000 infantes y 5.000 caballos a rechazar la invasión, por lo que convenía poner pie en tierra antes de que acudiese a impedirlo toda la morisma.

Efectuóse la operación tal como el Rey la había ordenado, comenzando en seguida los combates terrestres, que después de una gran victoria alcanzada en Puerto Pi, le permitieron poner cerco a la ciudad de Mallorca.

Resistieron tenazmente el sitio, los daños ocasionados por las maquinas de batir y los asaltos, los 80.000 habitantes, desde las fuertes murallas de la plaza, pero por fin, estrechado el cerco por mar y tierra, acosados y privados de todo auxilio los mallorquines y su Rey, fueron arrojados de ella después de un largo y terrible asalto, cayendo el Rey moro y su hijo en poder de don Jaime, que en 31 de Diciembre de 1228 tomo posesión de la rica capital de Mallorca.

Repartido el botín, con arreglo a lo estipulado, y reducidos los enemigos más contumaces que movían guerra desde las montañas de la isla, quedó esta por D. Jaime el Conquistador, quien se reembarco para Tarragona, adonde arribó, con gran contento de los catalanes en 1229, lleno de gloria por haber engarzado a la corona de Aragón aquella preciada perla del Mediterráneo, y agradecido a la marina que se la había proporcionado, en unión de los Martel, Plegamans, Carros, Montcada, Santmartí, Rocabertí, Cervelló, Mataplana, Claramunt, Anglesola, Centelles, Palafoix y otros, que con sus consejos, sus riquezas y su abnegado y heroico comportamiento hicieron más rápido y fácil el logro de tan arriesgada empresa, iniciada, desarrollada y lograda, merced al espíritu marítimo y emprendedor de sus súbditos.

Volvió aún a la isla, dos veces, D. Jaime en son de guerra con aparejadas flotas, ambas alistadas precipitadamente. Fue la primera, para socorrerla de una supuesta armada que decían mandaba contra ella el Rey de Túnez, lo que no llegó a realizar. Sirvióle, sin embargo, a D. Jaime para rescatar con sus gentes los castillos sostenidos aun por los moros en algunas montañas. Fue la segunda, según unos, a causa de estos durísimos moros montaraces, y según otros, con motivo de la presencia de una Armada veneciana, que en ademán hostil cruzaba sobre sus costas. Esta vez, utilizó la expedición el Rey conquistador para ganar la isla de Menorca, cuyos habitantes fueron a rendirle obediencia.

Faltábale sólo por reducir Ibiza, y de ello se encargo el arzobispo de Tarragona, Guillermo de Montgrí, auxiliado por los Condes de Urgel y del Rosellón.

Reuniéronse las naves aprestadas por los tres próceres en el puerto de Salou, y de allí salieron para la conquista de la isla, cuya completa rendición lograron (1235), completando así la agregación del archipiélago balear a la corona aragonesa.

II.   El Rey, mientras tanto, se ocupaba en la conquista de Valencia, de gran importancia para la unidad y grandeza de su reino, a cuya plaza se aproximaba avasallando cuanto se oponía a su paso, desde 1232; y rindiendo, entre otras plazas principales, a Burriana en 1233 y a Peñíscola en 1234.

Al año siguiente llegó, por fin, a la vista de la codiciada ciudad y empezó su asedio, que duró tres años.
Al principio de esta campaña no utilizo el Monarca aragonés ninguna fuerza marítima, pero a medida que fue acercándose a la capital del morisco reino, los auxilios que esta recibía, de las naves de Túnez, le patentizaron su yerro de haber emprendido la conquista de un país del litoral sin armada, primer elemento necesario para toda operación de este género, y de cuyo concurso depende el éxito de toda empresa militar, en esas comarcas.

Convencidos de ello también los catalanes, dispusiéronse a contribuir de consuno, como lo habían hecho para la conquista de las Baleares; y ciudades, prelados, magnates y Monarca alistaron, antes de un año, una armada de veintisiete naves, siete leños, de mayor porte que todos los hasta entonces construidos, y tres galeras que salió del Ebro (Tortosa) y puerto de los Alfaques, hacia el Grao de Valencia.

Esta flota ahuyentó de las aguas de Valencia a la tunecina, compuesta de doce galeras y seis zabras, y la batió, finalmente, cerca de Peñíscola.
Privada Valencia de su auxilio, cercada por mar y tierra, sentados ya los reales de D. Jaime entre Valencia y el Grao, y auxiliado su ejército con los víveres, utensilios, provisiones de guerra, maquinas de sitio y gente de la flota, arreciaron los asaltos y fue estrechado mas y mas el cerco. Por fin, el rey moro Ben-Zeyan pacto con D. Jaime la entrega de la plaza, donde entró este triunfalmente, con su esposa D.R. Violante, el 28 de Septiembre de 1238.

Así quedo aquella hermosa ciudad, que siglo y medio antes poseyera algunos años el Cid, incorporada definitivamente a la corona de Aragón. De ella movió D. Jaime a otras conquistas, para completar el dominio de todo el reino, en el cual aun resistían algunas plazas.

Los acontecimientos marítimos que siguieron a este, en el reinado del conquistador Monarca aragonés, merecen capítulo aparte después que hayan sido narrados, los correlativos e importantes hechos navales de su contemporáneo, el santo Monarca castellano.

Marco Antonio de Camós
 (1592)
III.   Antes de pasar a ellos, forzoso es consignar cuánto había progresado, con el éxito de las expediciones descritas, el poder naval de la corona de Aragón.

En ella, los catalanes siguieron fomentando con ahínco su marina; y el Rey, que a merced siempre de sus súbditos para los aprestos navales, sentía la necesidad de crearse una armada exclusivamente militar, expidió una cédula en 1243, creando en Barcelona un arsenal o astillero para las galeras de la Corona y señalando sitio para otro común, al par que marcaba la planta de los edificios que habían de fabricarse. Sancionó, además, un reglamento sobre las leudas o señoreaje del mar, que deberían satisfacer las naves catalanas en determinados puertos, y repitió una prohibición hecha, en 1227, de exportar mercancías del reino en naves extranjeras, mientras hubiese catalanas en disposición de conducirlas; medidas todas sabiamente encaminadas al fomento de la industria y del comercio marítimos, así como al desarrollo de la marina de la Corona.

Concurre también entre los acontecimientos de esta época, gloriosa en los anales de la historia marítima de España, por todos conceptos, la promulgación de uno de los primeros códigos navales conocidos, cuyas leyes sobre tráfico, navegaciones, delitos navales, etc., etc., hechas públicas primero, parcialmente y a guisa de pregón, fueron ordenadas y recopiladas, en un solo escrito, y presentadas al Rey por los prohombres de mar de Barcelona, el año 1258, con el título de Ordinationes Riparice.

Este Código, que responde a las necesidades de la época, fue una de las piedras fundamentales de los sucesivos, que tanto en Aragón como en Castilla y en otros estados marítimos se escribieron.

Corresponde, pues, a la marina catalana, no solo la gloria de la conquista de Baleares y Valencia, si que también la del aumento del comercio marítimo de la Corona de Aragón, y la de la creación y divulgación de sus leyes navales; como a D. Jaime I el Conquistador corresponde, el título de fundador de la marina militar de la Corona de Aragón, primera que en esas condiciones empezó a tener vida propia en España.



Título
Autor
 Adolfo Navarrete y Alcázar (1861-1925) con un prólogo de Cesáreo Fernández Duro  (1830-1908)
Fecha
1901
Datos de edición
Madrid Sucesores de Rivadeneyra
Materia
Marina de guerra - España - Historia 
Descripción y notas
"Obra declarada de texto para los guardias marinas por Real orden de 8 de junio de 1900"



Marcel Pujol i Hamelink

Professor d’Arqueologia, Escola Superior de Conservació i Restauració de Béns Culturals de Cataluny



X.M.C.  10/2018


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